Historia de una madre
Por: Paula Tatiana Gómez
Por las escazas tejas de zinc y
las estrechas hendijas de la pared maltrecha de esterilla comienzan a entrar
los últimos rayos del atardecer, irradiándose en el viejo y encorvado cuadro
del niño Jesús que cuelga de una oxidada puntilla. La imagen parece cobrar vida
cuando Esperanza enciende sus
malgastados residuos de vela de cebo y da inicio a sus plegarias por una nueva
noche que comienza y con ella las travesuras y los peligros nocturnos que se ven reflejados en el barrio
Pio Doce de la ciudad de Manizales.
Son las cinco y media de la
mañana. Esperanza comienza a ver los primeros rayos de sol que se deslizan de
nuevo por las estrechas hendijas de aquella pared de esterilla, los cuales
parecen hacer una radiografía de ese cuadro del niño Jesús que aún cuelga. El
sector se encuentra en silencio, excepto por varios gallos que cantan desde
algunos sucios y maltratados tejados de las pequeñas casas que conforman este
sector.
Esta madre comienza a despertar a
sus muchachos, uno por uno se van levantando, se duchan y se organizan “hay que
hacerlo con rapidez porque somos siete personas y como en todo hogar pobre solo hay un baño” cuenta esta mujer con
una sonrisa picara en el rostro. Ya lista comienza a prender su fogón, prepara
un delicioso chocolate con pan migado, el cual “es un delicioso desayuno para
comenzar el día”, comenta su pequeño José de unos escasos cinco años.
Una vez listos esperanza y sus
cinco hijos salen a enfrentar un nuevo
día, ella los acompaña al colegio que queda a pocos metros de su humilde casa,
los despide, les da la bendición y un beso en la frente a cada uno, ellos
ingresan al plantel y ella los sigue observando desde la reja que divide al
colegio con una larga y concurrida avenida.
Es justo en ese momento cuando
esta bella mujer de piel blanca, ojos vivos, cabello negro, pómulos salientes,
escasos 1, 50 metros de estatura y una fina y delgada silueta, recuerda que su
madre hacia lo mismo con ella cuando era pequeña, sólo que les tocaba caminar
más, puesto que la trocha de su finca hacia la escuela del pueblo era larga,
pantanosa y empinada, pero aun así “tocaba ir a estudiar”, todo por un futuro
que la madre de esta mujer le quería brindar, y tal vez sería lo único que le
dejaría hacia un futuro incierto, en el cual todavía no se veía la luz.
“Mi madre murió de cáncer cuando
yo tenía 15 años, ahí fue donde yo
entendí que esta era una de las primeras y de las muchas malas jugadas que Dios
me iba a dar en la vida” dice Esperanza con lagrimas en su rostro.
Prosigue su camino buscando
empezar una nueva jornada laboral, toma el transporte hacia el barrio Palermo
donde realiza sus trabajos como aseadora, es aquí donde comienza su jornada
laboral, su trabajo como empleada domestica de una rica y poderosa familia manizaleña;
se cambia de ropa por su uniforme ya
previamente establecido por su “patrona”.
“Comienzo por lo mas esencial,
limpiar los tres pisos de la casa, aunque no lo crean barrer y trapear tiene su
ciencia” comenta ahora la empleada domestica, después procede a limpiar los
baños, esto no se hubiese pasado si esta mujer
de poco menos de los 40 años hubiera desempeñado sus estudios de
Comercio Internacional que realizo en el
SENA y además no se enamorará de profundamente a los 18 años del que ahora es su
esposo, un recolector de café de unos 46 años aproximadamente, un hombre de
genio templado llamado Robinson, a quien el historial de estudios de Esperanza
poco le interesa, ella considera que se caso con un hombre “machista, a quien
sólo le importa que su finca produzca café y en su hogar tener muchos hijos
para que le sigan su herencia” comenta la protagonista de esta historia.
Son las 12 del día. Hay que tener
el almuerzo listo para los “patrones”, esta casa se convierte en una
afrodisiaca fiesta de olores, los cuales indican que entre guisos y especias la
comida ya esta lista. Todos se sientan a
comer a la mesa, menos Esperanza, se dice que como empleada que se respete
“debe comer en la cocina”, tradición que a ésta mujer no le molesta, en lo
único que piensa es si su muchacho mayor si les haría un almuerzo bueno y
saludable al resto de sus hermanos.
“Toco aprender a las malas a
cocinar, cuando mi madre murió yo aun estaba muy joven y no sabía nada de esto,
pero a mi papá y a mis hermanos poco les importaba esto, alguien tenía que
hacerles de comer y ¡claro! Esa tenía que ser yo, la más joven de los siete
hermanos hombres” comenta esta mujer, ama de casa, empleada domestica y sobre
todo madre.
Cuatro de la tarde. Esta madre se
dispone a cambiarse de uniforme, ahora se convierte en esposa, amiga y confidente, en un gancho de madera deja su
rol de empleada doméstica de aquella familia rica de la ciudad.
De nuevo la mujer, madre, amiga
espera el bus que la conducirá al paraíso de estera y guadua en donde sus cinco hijos, su esposo y su
perro Tony la esperan, “ella es el alma
de nuestro hogar, sin ella nosotros estaríamos condenados a ser igual que la juventud de este barrio, un
montón de drogadictos, vagos y degenerados” explica Marilín la hija mayor de
Esperanza, quien tiene los mismos sueños de su madre cuando era joven, pero
dice que “de ninguna manera” los piensa
dejar atrás, seguirá con el sueño
de tener una vida mejor y poder proporcionársela a sus hermanos.
Este no es sólo el sueño de esta
joven también es el de una madre, quien ha luchado toda su vida por sacar a
cinco hijos adelante con la poca ayuda que le presta su esposo y con todo el
empeño y las ganas que tiene porque sus “muchachos” como ella los llama tengan
un futuro mejor que el suyo. Esperanza se arrodilla de nuevo ante el encorvado
cuadro del niño Jesús que aun cuelga de la oxidada puntilla y pide a Dios que en sus niños no se repita
la misma historia.